16 julio, 2006

 

Las vergüenzas de un escritor

Por Juan Gelman

Dijo que el operativo de las fuerzas armadas israelíes en Gaza “está fuera de toda proporción” y que “lo avergüenza ser amigo de Israel”. Estas palabras no provienen de algún “judío que se odia a sí mismo”, como Tel Aviv y sus lobbies de Occidente califican a todo judío de la diáspora –o no– que rechaza sus políticas de colonización y agresión al pueblo palestino. Pertenecen a Mario Vargas Llosa, quien no entra en esa categoría por razones obvias: no es judío ni se odia a sí mismo. El gran novelista las formuló en una entrevista al diario israelí Haaretz (www.haaretz.com, 9-7-06): “Israel –agregó– se ha convertido en un país poderoso y arrogante y cabe a los amigos ser muy críticos de sus políticas”. Qué habrá pensado en materia de proporciones el Premio Jerusalén 1995 y miembro honorario de la Universidad Hebrea de Jerusalén cuando días después tropas israelíes, en represalia por la captura de dos de sus soldados, incursionaron en el sur del Líbano, bloquearon sus puertos, bombardearon el aeropuerto de Beirut y dos bases militares libanesas, causaron la muerte de 53 civiles y provocaron la respuesta de Hezbolá (Reuters, 13-7-06).

Tel Aviv recibe de EE.UU. un promedio de 15 millones de dólares diarios en concepto de subsidios y ayuda militar. Las ONG palestinas, unos magros 232.000 dólares diarios que además la Casa Blanca ha suspendido desde el triunfo en las urnas de Hamas. Gracias a la ayuda norteamericana, las Fuerzas de Defensa de Israel cuentan con más de 3800 tanques, 1500 piezas de artillería pesada, 2000 bombarderos, helicópteros de combate y cazas, incluidos los F-16 de fabricación estadounidense, y un número indeterminado de bombas nucleares que se estimaba en 300 a fines de la década pasada. El año que viene se cumplen 40 desde que Israel ocupa territorios palestinos con mano de hierro y sus tropas han vuelto a entrar en Gaza. La respuesta, esos atentados suicidas que siegan la vida de inocentes civiles israelíes, es ciertamente repudiable. Pareciera, como señaló Vargas Llosa, que “paradójicamente, los extremistas de uno y otro lado comparten una agenda cuyo propósito es impedir cualquier posibilidad de negociaciones y de concesiones mutuas”. Claro que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

La notable periodista israelí Amira Hass ha hecho los distingos. “Un palestino es un terrorista cuando ataca a civiles israelíes y cuando ataca a soldados israelíes acantonados a las puertas de una ciudad palestina... cuando una unidad del ejército israelí irrumpe con tanques en su vecindario y el palestino dispara contra un soldado israelí que emerge por un instante de la torreta de su tanque... cuando es alcanzado por fuego procedente de un helicóptero mientras empuña su rifle. Los palestinos son terroristas tanto si matan a soldados como si matan a civiles.” Agrega: “El soldado israelí es un combatiente cuando dispara un misil desde un helicóptero, o un obús desde un tanque, contra un grupo de personas reunidas en Kahn Yunis (poblado de Gaza)... cuando dispara una granada contra una casa (palestina) de la que el ejército israelí afirma que ha salido un cohete Qassam y mata a un hombre o una mujer... el soldado israelí mata a gente armada y mata a civiles... mata a comandantes de batallones de terroristas asesinos y mata a bebés y ancianos que se hallan en sus casas. Más exactamente, éstos caen bajo el fuego israelí” (Haaretz, 9-10-02).

No es el único modo de morir que los palestinos conocen. La Cruz Roja Internacional ha informado en El Cairo que entre 3000 y 7000 palestinos esperan desde fines de junio el permiso para regresar a Gaza. Se amontonan del lado egipcio de la caseta de cruce al poblado fronterizo de Rafah y578 de ellos necesitan atención médica urgente (Haaretz, 11-7-06). El martes 4 fallecieron una joven palestina de 19 años que había sido operada en un hospital cairota y cuyas condiciones se deterioraron durante la espera hasta que le llegó la muerte, y un infante de año y medio por infarto. Dos enfermos más cruzaron esa otra clase de frontera, un hombre de 68 años y un muchacho de 15 que habían sido tratados de enfermedades cardíacas en la capital de Egipto (Reuters, 11-7-06). Los demás siguen aguardando el permiso israelí para volver a Gaza mientras se escriben estas líneas.

No son los únicos que esperan: por primera vez desde la Guerra de los Seis Días de 1967, Tel Aviv prohíbe ahora la entrada de palestinos con ciudadanía extranjera, en su mayoría estadounidenses, pero también europeos. Varios miles no pueden regresar a sus casas y puestos de trabajo, o visitar a sus familias, en el territorio palestino ocupado de la Ribera Occidental. Esta medida también incluye a extranjeros casados con una palestina o un palestino y a profesores visitantes. Hace falta un permiso emitido por la Autoridad Palestina y autorizado por los funcionarios israelíes, pero este mecanismo se interrumpió en septiembre de 2000. “El Ministerio del Interior y la Administración Civil (de Israel) declinaron comentar el hecho de que durante 40 años los ciudadanos palestinos residentes en países occidentales no necesitaban un ‘permiso de visita’” (Haaretz, 11-7-06). Pero ése es un detalle y el gobierno de Israel no es detallista.


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