28 septiembre, 2006

 

Inteligencias

Por Juan Gelman


Presionado por las reacciones que provocó, incluso entre los republicanos, la noticia que el domingo 24 publicaron el New York Times y el Washington Post acerca del documento que evalúa negativamente el desarrollo de la “guerra antiterrorista”, G.W. Bush dio a conocer el martes una parte del informe que en abril elaboraron los 16 organismos de espionaje de EE.UU. Son cuatro páginas de 30, según los que lo leyeron, y en efecto señala que la actividad terrorista “aumenta en número y en dispersión geográfica” esencialmente a consecuencia de la invasión y ocupación de Irak: “El conflicto iraquí se ha convertido en la cause célèbre de los jihadistas, alimenta un profundo resentimiento contra EE.UU. en el mundo musulmán y cultiva seguidores del movimiento jihadista mundial” (i.a.cnn.net/cnn/2006, 26-9-06). La inteligencia del presidente Bush no acepta lo que dicen sus servicios de inteligencia.

En la conferencia de prensa del martes 26 en que anunció la desclasificación parcial del documento, volvió a aseverar que “el único modo de proteger este país es permanecer a la ofensiva” y atribuyó la filtración a funcionarios interesados en “confundir las mentes del pueblo norteamericano” (New York Times, 27-9-06). El informe es taxativo: “Si esta tendencia (el crecimiento del terrorismo) continúa, las amenazas a los intereses de EE.UU. tanto en el propio territorio como en el extranjero se diversificarán y se incrementarán los ataques en todo el mundo... Crece el sentimiento antiestadounidense y contra la globalización, y esto incentiva a otras ideologías radicales. Podría empujar a algunos grupos izquierdistas, nacionalistas o separatistas a adoptar métodos terroristas para atacar los intereses de EE.UU. El proceso de radicalización se desenvuelve con más rapidez, amplitud y anonimato en la era del Internet y abre la posibilidad de ataques por sorpresa de grupos desconocidos cuyos miembros y cómplices sería difícil identificar”.

Es un golpe inesperado para la Casa Blanca a seis semanas de las elecciones del 7 de noviembre en que se elegirán nuevos parlamentarios y algunos gobernadores: descalabra la estrategia electoral de los republicanos, basada en la consigna de que la guerra antiterrorista acrecentó la seguridad de EE.UU. Los demócratas no tardaron en llevar estas aguas a su molino: “La guerra de Irak disminuyó nuestra seguridad”, comentó John D. Rockeller, la figura principal de ese partido en el Comité de Inteligencia del Senado. El senador Edward Kennedy asestó: “Abunda la evidencia de que necesitamos un nuevo curso en Irak mediante el redespliegue estratégico de nuestras tropas para combatir y ganar la verdadera guerra contra el terrorismo. El pueblo estadounidense lo sabe y nuestros líderes militares también. Son los dirigentes republicanos, con la cabeza metida en la arena, los únicos que se niegan tercamente a cambiar el rumbo y así tornan más difícil la guerra antiterrorista” (AP, 24-9-06). La oferta es obvia: los demócratas la harían mejor.

Casi los dos tercios de la opinión pública norteamericana estima que la guerra de Irak va “de algún modo mal” (28 por ciento) o “muy mal” (33 por ciento), según la encuesta que el New York Times y la cadena CBS realizaron a principios de mes. Hasta el mismo credo que profesa G.W. Bush, el de la Iglesia Metodista Unida, se ha unido a la campaña de protesta y desobediencia civil pacíficas contra la guerra: sus representantes firmaron frente a la Casa Blanca la declaración de más de 500 organizaciones –casi la mitad, confesionales– que exige al mandatario la retirada de las tropas. El llamamiento califica la situación en Irak de “incendio interminable que consume vidas, recursos y las frágiles posibilidades de paz”. La obispo Susan Morrison señaló en el acto de la firma: “La demanda de nuestro movimiento es terminar la guerra ya” (Common Dreams News Center, 25-9-06). Se ignora si la postura de su propia iglesia ha creado alguna duda a quien se cree ejecutor de una misión que Dios le encomendó.

La situación del frente militar ennegrece a la Casa Blanca: el número de bajas definitivas de sus efectivos en Irak se acerca a 2700, además de 20.000 heridos –una estimación modesta–, para no hablar de las decenas de miles de civiles iraquíes que siguen muriendo día a día. La guerra les viene costando 300.000 millones de dólares hasta ahora y se ha disipado la ilusión de que la producción petrolera de Irak la financiaría muy pronto. El general Peter J. Schoomaker, jefe del Estado Mayor del ejército, pide al Pentágono un aumento del 41 por ciento del presupuesto militar, que este año es de apenas 98.200 millones de dólares, aumento que considera imprescindible para mantener el actual nivel de combate en el país ocupado (Los Angeles Times, 25-9-06). No es la única esperanza de preguerra que se licuó en la Casa Blanca.

El jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, aseguraba antes de la invasión de marzo del 2003 que a fines de ese año sólo quedarían 30.000 soldados norteamericanos en Irak. Durante todo el 2005 dijo que retiraría 30.000 para custodiar los comicios de noviembre, pero su número aumentó, llega a 145.000 efectivos y los mandos dicen en privado que la única solución para ganar la guerra es enviar 60.000 soldados más, en particular reservistas y guardias nacionales (ABC, 25-9-06). Esto socava las posibilidades electorales del partido republicano: los unos y los otros tienen casa, familia, trabajo y raíces en sus comunidades, y probablemente ninguna gana de morir en Irak. Como dijo un francés anónimo, una guerra no produce 100.000 muertos, sino 100.000 veces una muerte.

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