11 octubre, 2005

 

Monotonía de la tragedia

Jorge Gómez Barata


Todavía los infelices de Nueva Orleáns no se han resignado, no se han secado los ríos de tinta que corrieron a causa del huracán Katrina, ni se han extraído todas las conclusiones de la desgracia, cuando otro fenómeno, esta vez Stan, nos coloca ante nuevas evidencias.

Nuevamente se escuchan alusiones a la ira de la naturaleza y a sus incontrolables fenómenos, a la realidad de que los perjudicados son siempre los mismos y hay incluso menciones al fatalismo geográfico, sin que falten los que intentan mezclar a Dios y al diablo.

No voy a dejar de insistir en la idea de que la naturaleza no es la culpable porque, definitivamente, la pobreza, la precariedad y la indefensión en que viven millones de personas, no son fenómenos naturales sino sociales.

Cuando por ignorancia o mala fe se inventan causas ficticias, de hecho se ocultan las verdaderas.

Por ese camino se comienza culpando al viento y a la lluvia y se termina absolviendo a los colonialistas y esclavistas y sobre todo a las oligarquías explotadoras.

Los pobres de Centroamérica viven en las bases y las laderas de los cerros, en las márgenes de los ríos y arroyos, en condiciones sumamente peligrosas, porque no tienen otros lugares donde vivir y sus casas son chozas miserables, porque carecen de recursos para pagar viviendas seguras y confortables.

Los pobres mueren a causa de los huracanes como mueren por el hambre, las diarreas, la poliomielitis, el tifus y por beber aguas no potables.

Por el camino de considerar nefastos a los ciclones y a las lluvias, habrá que maldecir a los ríos y a los cerros, a las nubes e incluso al sol.

No quisiera presentar un modelo ni levantar un paradigma, sino contar una anécdota de la que he sido testigo y es beneficiara toda Cuba.

Entre el tres y el ocho de octubre de 1963, exactamente por esta fecha, un ciclón, el Flora azotó la región oriental de Cuba, ocasionando la muerte de más de tres mil personas, la ruina de toda una región y creando cientos de miles de damnificados que perdieron sus viviendas y sus bienes.

Las características del huracán fueron idénticas a las actuales: poca velocidad de traslación que lo hacía permanecer mucho tiempo sobre la misma zona, una trayectoria caprichosa y errática, fuertes vientos sostenidos y aterradoras rachas, intensas y prologadas lluvias, capaces del desborde de ríos y arroyos y provocar deslaves. Nada nuevo y que no hubiera sido visto desde el principio de la creación.

Las razones de aquel desastre humanitario fueron las mismas que se manifiestan hoy: deficiencias en los mecanismos para el pronóstico y aviso, falta de un adecuado sistema de defensa civil para la protección de la población y los objetivos económicos, poca capacidad de reacción y escasos medios de salvamento.

No obstante, como el azote del meteoro se mantuvo por varios días, las autoridades tuvieron oportunidad de reaccionar. Las fuerzas armadas movilizaron todos sus recursos: carros anfibios, helicópteros, ambulancias y vehículos de alta capacidad, de paso fue posible evacuar y salvar de la muerte a casi 200 mil personas.

Heroísmo aparte, la conclusión que se extrajo fue la de la necesidad de realizar con urgencia vastos trabajos ingenieros para que nunca más una tragedia así volviera a repetirse.

Lo que entonces a algunos les pareció un proyecto faraónico resulto ser un gigantesco plan hidráulico basado en un sistema de represas, canales magistrales, derivadoras, aliviadores, compuertas, estaciones de bombeo y sistemas de drenaje que evitan las grandes inundaciones y permiten aprovechar las aguas para fines agrícolas y de consumo humano.

Por esa época el país podía embalsar menos de 50 millones de metros cúbicos de agua. En poco tiempo alcanzó mil millones y hoy puede almacenar nueve mil millones, suficiente para controlar las avenidas de los ríos y otros caudales.

No hay manera de evadir el hecho de que siempre habrá lluvias y huracanes, que no es posible evitar. Lo que es evitable son las muertes y las tragedias. ¡Manos a la obra!

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